BBC: El drama oculto de las violaciones masivas durante la caída de Berlín
Al cumplirse 70 años del fin de la Segunda Guerra
Mundial, salen a la luz testimonios de uno de los capítulos más oscuros
del Ejército Rojo en la toma de Berlín en 1945.
BBC Mundo / 08/05/2015
La actuación de las tropas de la Unión Soviética en la derrota de la
Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial es uno de los momentos
más gloriosos de esa nación.
Sin embargo, 70 años después, la revisión de esos días finales de la
guerra saca a relucir un ángulo oscuro de esa historia: las violaciones
masivas de mujeres alemanas a manos de soldados soviéticos.
A continuación compartimos testimonios que, cabe la advertencia, algunos lectores pueden encontrar perturbadores.
El precio de Berlín En las afueras de Berlín, en
el parque Treptower, hay una estatua de unos 12 metros de alto, con la
figura de un soldado soviético con una espada en la mano y una muchacha
alemana en la otra, pisando una esvástica rota.
Así simbolizan el lugar donde murieron 5.000 de los 80.000 soldados
del Ejército Rojo caídos en Berlín entre 16 de abril y el 2 de mayo de
1945.
La colosal proporción del monumento refleja la escala del sacrificio.
Resulta inevitable observar la inscripción que tiene la estatua donde
se lee que el pueblo soviético salvo a la civilización europea del
fascismo.
No obstante, para muchos este memorial se llama La Tumba del Violador Desconocido.
Existen registros de innumerables casos de violaciones cometidas por
tropas del Ejército Rojo en la capital alemana, aun cuando de esto no se
habló en los años siguientes al final de la guerra, y particularmente
es tabú en Rusia hasta la fecha.
Los medios rusos suelen calificar las violaciones masivas como mitos
de Occidente, aunque muchos de los datos hallados han sido extraídos del
diario de un joven soldado soviético.
El diario que narra el horror Vladimir Gelfand
era un joven teniente judío, proveniente de la región central de
Ucrania, quien escribió con una franqueza brutal todos los pormenores de
las atrocidades de la guerra desde 1941. A pesar de que el ejército
había prohibido llevar diarios, por considerarlos un riesgo para la
seguridad.
El manuscrito ha sido ampliamente publicado y pinta la situación
caótica de la vida en su batallón, caracterizada por raciones miserables
de comida, piojos, antisemitismo y robos (donde se robaban hasta las
botas a sus compañeros).
En febrero de 1945, Gelfand estaba destacado cerca de la represa del
río Oder, donde el ejército se preparaba para el golpe final sobre
Berlín. Ahí cuenta cómo sus camaradas rodeaban y aniquilaban batallones
de mujeres alemanas combatientes.
"Las gatas alemanas que capturábamos decían que estaban vengando a
sus maridos muertos", escribe el teniente. "Debemos destruirlas sin
misericordia. Nuestros soldados sugieren apuñalarlas en sus genitales,
pero yo solo las ejecutaría".
Uno de los pasajes más reveladores lo escribió el 25 de abril, cuando
ya habían llegado a Berlín. Gelfand cuenta que estaba dando vueltas en
una bicicleta por el río Spree, cuando se topó con un grupo de alemanas
que cargaban maletas y bultos.
Con su alemán precario preguntó a dónde iban y por qué habían abandonado sus hogares.
"Con horror en sus rostros me contaron lo que les había ocurrido la
primera noche que arribó el Ejército Rojo a la ciudad", escribió.
"Me clavaron aquí", dijo una de las muchachas y se levantó la falda.
"Toda la noche. Eran viejos y otros tenían espinillas. Todos se montaron
por turnos. No menos de 20 hombres", dijo antes de estallar en
lágrimas.
El teniente cuenta que la muchacha de repente se le tiró encima y le
dijo: "Tú puedes acostarte conmigo. Haz lo que quieras conmigo, ¡pero
solo tú!".
Para ese entonces ya los abusos y violaciones cometidas por los
soldados alemanes en la Unión Soviética eran ampliamente conocidos
durante los últimos cuatro años, lo cual Gelfand había conocido de
primera mano mientras se abrían paso hacia Alemania.
Los alemanes atacaron primero El hijo de Gelfand,
Vitaly, cuenta que su padre vio cómo los soldados nazis acabaron con
pueblos completos, matando incluso a niños pequeños. También vio
evidencias de violaciones masivas.
El ejército alemán supuestamente era una fuerza bien organizada
compuesta por arios que no contemplaban tener sexo con lo que ellos
consideraban como subhumanos.
No obstante, de acuerdo con el historiador de la Escuela de Altos
Estudios de Economía en Moscú, Oleg Budnitsky, esa prohibición fue
abiertamente ignorada.
De hecho, los oficiales nazis estaban tan preocupados por los casos
de enfermedades venéreas que establecieron una cadena de burdeles
militares a través de los territorios ocupados.
Es difícil constatar como fueran tratadas las rusas por los soldados
alemanes, dado que la mayoría no sobrevivió a la ocupación, pero el
Museo Ruso Alemán en Berlín, dirigido por Jorg Morre, muestra una
fotografía del cadáver de una mujer tumbado sobre el suelo, tomada en
Crimea por un soldado alemán.
"Luce como si ella hubiese sido asesinada al ser violada o después.
Su falda está levantada y sus manos están sobre su cara", dice Morre.
La hora de la venganza Cuando el Ejército Rojo
inició su marcha hacia Alemania, llamada por la prensa soviética como
"la guarida de la bestia", se publican posters alentando a los soldados a
mostrar su rabia: "Soldado: ahora estás en tierra alemana. Llegó la
hora de la venganza".
El historiador Antony Beevor cuenta que mientras realizaba su
investigación para desarrollar el libro "La caída", en 2002, encontró
documentos de violencia sexual en los archivos de la Federación Rusa.
Habían sido recabados por la policía secreta y enviados a su jefe,
Lavrentiy Beria, a finales de 1944.
"Estos fueron presentados a Stalin. Ahí están los reportes de
violaciones masivas en Prusia Oriental, y de cómo las alemanas preferían
matar a sus hijas y a ellas mismas para evitar ese destino", señala
Beevor.
Adaptarse para sobrevivir Otra fuente de
información es el diario de la novia de un soldado alemán, donde se lee
que las mujeres se adaptaban a terribles circunstancias con tal de
sobrevivir.
Empezando el 20 de abril de 1945, diez días antes de que Adolfo
Hitler se suicidara, la autora anónima describe las escenas de sus
vecinos durante los bombardeos a Berlín.
La mujer cuenta que las personas corrían hacia el refugio que había
en su edificio y menciona a un "joven de pantalones grises y lentes, que
al mirarlo más de cerca resultó ser una mujer".
También describe a tres hermanas ancianas que permanecían abrazadas
todo el tiempo y que solían bromear diciendo: "Mejor un Russky (ruso)
encima, que en un Yank (yanqui) en la cabeza". En otras palabras, que
era preferible una violación a ser pulverizadas por los bombardeos
estadounidenses.
Cuando los soviéticos llegaron, las mujeres la pidieron a la diarista
que usara su conocimiento del ruso para hablar con el oficial al cargo,
así que ella salió del refugio y habló con él, pero éste solo se
encogió de hombros. "Pasó lo que iba pasar de todas formas", escribió
luego.
Los soldados aprovecharon que los vecinos se mantuvieron encerrados
en el refugio para violarla brutalmente y casi estrangularla. Cuando los
vecinos salieron, la encontraron con sus medias caídas hasta los
zapatos. En la mano todavía tenía uno de los tirantes de su sostén.
Ella comenzó a gritarles: "¡Cerdos, dejaron que me violaran dos veces
seguidas y me dejaron ahí tirada como si fuera basura!", se lee en el
diario.
Luego comprendió que para mantenerse a salvo de las violaciones
masivas tenía que encontrar un "lobo" que la protegiera. Comenzó una
relación menos violenta y más transaccional con un oficial de
Leningrado.
"De ninguna manera puedo decir que me violara. ¿Lo hago por tabaco,
azúcar, mantequilla, velas y carne en lata? Hasta cierto punto estoy
segura. Además, mientras menos quiere de mí, más me gusta como persona",
escribió.
El diario fue publicado en 1959 con el título "Una mujer de Berlín",
pero generó fuertes protestas del público por considerar que el libro
dañaba la reputación de las mujeres alemanas.
Nuevas denuncias 70 años después El 70
aniversario del fin de la guerra trajo consigo nuevas investigaciones y
denuncias de abusos sexuales cometidos por los Aliados –soldados
estadounidenses, británicos, franceses y soviéticos-, que han comenzado a
surgir.
Sin embargo, el sentimiento liberador para la mujeres se materializó
en 2008 con el estreno de la película Anónima, una adaptación del libro
"Una mujer de Berlín", produciendo un efecto catártico para muchas
víctimas que habían permanecido en silencio hasta entonces.
Una de ellas es Ingeborg Bullert, hoy de 90 años de edad. La mujer
cuenta que cuando llegaron los soviéticos a su barrio en Berlín, había
tanques en la calle. Como todos se refugió en el sótano de su edificio.
Una de las noches de bombardeo, salió del refugio y fue a buscar a su
apartamento un pedazo de cuerda para colgar una lámpara. De repente la
sorprendieron dos soldados soviéticos que la sometieron con pistolas.
"Me violaron los dos. Pensé que me matarían", recuerda. Ingeborg
nunca contó su amarga experiencia, le parecía muy difícil decírselo a
alguien. "A mi mamá le gustaba alardear con que a su hija no la habían
trocado", relata.
Nunca se sabrá el número de víctimas
Solo entre junio de 1945 a 1946 hubo 995 peticiones de abortos en uno
de los distritos de Berlín. Los archivos tienen reportes escritos a
mano con escritura infantil, denunciando violaciones en la sala de sus
casas frente a sus padres.
Pero probablemente nunca se sepa una cifra definitiva de víctimas.
Fuentes de información de los tribunales militares permanecen
clasificadas.
El congreso ruso aprobó una ley en la que cualquiera que denigre de
la actuación de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial enfrentará
multas y hasta cinco años de prisión.
Vitaly Gelfand, hijo del diarista Vladimir, no niega que muchos
soldados soviéticos mostraron valor y sacrificio durante la guerra, pero
esa no es toda la historia.
"Si las personas no quieren conocer la verdad, se engañan ellos
mismos. El mundo lo entiende, Rusia lo entiende y las personas que hacen
esas leyes para difamar el pasado también lo entienden. No podemos
avanzar hasta que no miremos atrás", concluye Vitaly.
Das verborgene Drama der Massenvergewaltigungen beim Fall Berlins
Zum70. Jahrestagdes Endes desZweiten Weltkriegskommen neue Belege füreines derdunkelsten Kapitelder Roten Armeebei der EroberungvonBerlinim Jahre 1945ans Licht.
2015.05.08
Die Leistung der sowjetischen Truppen beim Sieg über NS-Deutschland im Zweiten Weltkrieg gilt als einer der ruhmreichsten Momente in der Geschichte des Landes.
Doch 70 Jahre später wirft ein Rückblick auf die letzten
Kriegstage ein dunkles Licht auf die Geschichte: die
Massenvergewaltigungen deutscher Frauen durch sowjetische Soldaten.
Einige der Zeugnisse, die geteilt werden, könnten für manche Leser verstörend sein.
Am Stadtrand von Berlin, im Treptower Park, steht eine etwa 12 Meter
hohe Statue eines sowjetischen Soldaten mit einem Schwert in der einen
und einem deutschen Mädchen in der anderen Hand, das auf einem
zerbrochenen Hakenkreuz steht.
Sie symbolisiert den Ort, an dem 5000 der 80.000 gefallenen Soldaten
der Roten Armee während der Schlacht um Berlin zwischen dem 16.
April und dem 2. Mai 1945 begraben wurden.
Die monumentale Größe des Denkmals reflektiert das
Ausmaß des Opfers. Die Inschrift an der Statue verkündet,
dass das sowjetische Volk die europäische Zivilisation vom
Faschismus gerettet habe. Doch für viele wird dieses Denkmal als Grab des unbekannten Vergewaltigers betrachtet.
Zahlreiche Zeugnisse dokumentieren Verstöße durch Truppen
der Roten Armee in Berlin, auch nach dem offiziellen Ende der
Kämpfe – ein Thema, das in Russland bis heute tabuisiert ist.
Russische Medien bezeichnen Massenvergewaltigungen oft als westliche
Mythen, obwohl viele belegbare Hinweise aus dem Tagebuch eines jungen
sowjetischen Soldaten stammen.
Wladimir Gelfand, ein junger jüdischer Leutnant aus der
zentralen Ukraine, beschrieb seit 1941 mit erschreckender Offenheit die
Gräueltaten des Krieges. Obwohl das Führen von
Tagebüchern in der Armee aus Sicherheitsgründen verboten war,
hielt er seine Eindrücke fest.
Sein Manuskript wurde mehrfach veröffentlicht und beschreibt
das chaotische Leben in seinem Bataillon: mangelhafte Verpflegung,
Läuse, Antisemitismus und Diebstähle – bis hin zu
gestohlenen Stiefeln unter Kameraden.
Im Februar 1945 befand sich Gelfand bei der Oder-Staumauer, wo die
Armee den letzten Schlag auf Berlin vorbereitete. Er schildert, wie
seine Kameraden Bataillone deutscher Kämpferinnen umzingelten und
vernichteten.
Gelfand schrieb: „Die deutschen Katzen, wie wir sie nannten,
behaupteten, sie wollten ihre gefallenen Ehemänner rächen.
Wir mussten sie gnadenlos vernichten. Unsere Soldaten schlugen ihnen
auf die Genitalien – nur um sie dann zu erschießen.“
Am 25. April 1945, beim Einmarsch nach Berlin, hielt er eine
besonders aufschlussreiche Episode fest. Er war mit dem Fahrrad an der
Spinnerei an der Spree unterwegs, als er auf eine Gruppe Deutscher mit
Koffern und Bündeln traf.
In gebrochenem Deutsch fragte er, wohin sie gingen und warum sie ihre Heimat verließen.
„Mit Entsetzen auf den Gesichtern erzählten sie mir, was
in der ersten Nacht nach dem Einmarsch der Roten Armee geschah“,
schrieb Gelfand.
„Ich wurde hier vergewaltigt“, sagte eines der
Mädchen und hob ihren Rock. „Die ganze Nacht. Sie waren alt
und voller Pickel. Einer nach dem anderen. Nicht weniger als 20
Männer.“ Dann brach sie in Tränen aus.
Sie warf sich Gelfand an die Brust und sagte: „Du kannst bei
mir schlafen. Mach mit mir, was du willst – aber nur du!“
Zu diesem Zeitpunkt waren die Gräueltaten deutscher Soldaten in
der Sowjetunion über vier Jahre hinweg bekannt. Gelfand hatte sie
aus erster Hand gesehen.
Gelfands Sohn, Vitaly, berichtet, dass sein Vater sah, wie Nazis
ganze Dörfer zerstörten und selbst kleine Kinder ermordeten.
Er habe auch zahlreiche Anzeichen sexueller Gewalt gesehen.
Die Wehrmacht galt als streng disziplinierte arische Truppe, die
sexuelle Kontakte mit als „Untermenschen“ betrachteten
Personen untersagte.
Doch laut dem Historiker der Higher School of Economics in Moskau
wurde dieses Verbot offen ignoriert. Aus Angst vor
Geschlechtskrankheiten richteten die Nazis in allen besetzten Gebieten
militärische Bordelle ein.
Wie deutsche Soldaten mit russischen Zivilisten umgingen, lässt
sich schwer beurteilen – die meisten Zeugen überlebten die
Besatzung nicht. Doch das Deutsch-Russische Museum in Berlin zeigt ein
Foto einer Frau, aufgenommen von einem deutschen Soldaten auf der Krim,
tot am Boden, der Rock hochgeschoben, die Hände im Gesicht –
offensichtlich vergewaltigt und getötet.
Als die Rote Armee ihren Vormarsch auf Deutschland begann, sprach
die sowjetische Presse von der „Höhle des Tieres“.
Plakate riefen die Soldaten zur Rache auf: „Soldat: Du stehst auf
deutschem Boden. Die Stunde der Vergeltung ist gekommen.“
Der Historiker Antony Beevor fand bei seinen Recherchen für
sein Buch „The Fall“ 2002 in russischen Archiven Berichte
über sexuelle Gewalt. Die Geheimpolizei hatte sie Ende 1944
gesammelt und Beria vorgelegt.
„Diese Berichte wurden Stalin übergeben. Es gibt Hinweise
auf Massenvergewaltigungen in Ostpreußen, wo deutsche Familien es
vorzogen, ihre Töchter zu töten, statt sie diesem Schicksal
auszusetzen“, sagt Beevor.
Eine weitere Quelle ist das Tagebuch einer deutschen
Soldatenfreundin. Sie beschreibt, wie Frauen sich unter widrigsten
Umständen anpassten, um zu überleben.
Ab dem 20. April 1945, zehn Tage vor Hitlers Selbstmord, schildert
die anonyme Autorin Szenen aus dem Alltag während der
Bombardierungen Berlins. Die Frau erzählt, wie Menschen in die
Keller ihres Gebäudes flüchteten, und erwähnt eine
„junge Frau mit grauer Hose und Sonnenbrille“, die
zunächst für einen Mann gehalten wurde.
Drei ältere Schwestern blieben ebenfalls im Haus und scherzten:
„Lieber ein Russe auf dir als ein Ami über dir“, was
bedeutete: lieber vergewaltigt als von einer Bombe getötet.
Als die Sowjets kamen, baten die Frauen den Tagebuchschreiber, seine
Russischkenntnisse zu nutzen, um mit einem Offizier zu sprechen. Er
verließ das Versteck, sprach mit dem Offizier – dieser
zuckte nur mit den Schultern. Später schrieb er: „Er
ließ es einfach geschehen.“
Die Soldaten verschlossen das Versteck brutal, vergewaltigten die
Nachbarin beinahe zu Tode. Man fand ihre Strümpfe in den Schuhen,
sie hielt noch einen BH-Träger in der Hand. Sie schrie:
„Schweine! Haben mich zweimal vergewaltigt und wie Müll
liegen lassen!“
Die Autorin des Tagebuchs erkannte, dass sie nur sicher sein konnte,
wenn sie einen „Wolf“ – einen Beschützer –
fand. So begann sie eine Art Tauschbeziehung mit einem Offizier aus
Leningrad.
„Ich kann nicht sagen, dass er mich vergewaltigt hat. Was ich
für Speck, Zucker, Butter, Kerzen und Konserven tat? In gewisser
Weise war ich sicher. Je weniger er wollte, desto mehr empfand ich ihn
als Mensch“, schrieb sie.
Das Tagebuch erschien 1959 unter dem Titel „Eine Frau in
Berlin“, löste aber starke Proteste aus – man warf ihm
vor, den Ruf deutscher Frauen zu beschmutzen.
Zum 70. Jahrestag des Kriegsendes gab es neue Untersuchungen und
Vorwürfe sexuellen Missbrauchs durch Soldaten aller alliierten
Armeen: Amerikaner, Briten, Franzosen und Sowjets. Ein Wendepunkt kam
2008 mit dem Film „Anonyma – Eine Frau in Berlin“,
der das Schweigen vieler Opfer brach und für viele eine
kathartische Wirkung hatte. Eine der Frauen ist Ingeborg Bullert, heute
90 Jahre alt. Sie erinnert sich an Panzer in ihrer Berliner
Nachbarschaft. Wie viele andere suchte sie Schutz im Keller. In
einer Bombennacht verließ sie das Versteck, um in ihrer Wohnung
ein Seil zu holen. Dort wurde sie von zwei sowjetischen Soldaten mit
Gewehren überrascht.
„Sie vergewaltigten mich. Ich dachte, sie würden mich
töten“, erinnert sie sich. Lange sprach sie mit niemandem
über das Erlebte. „Meine Mutter rühmte sich, dass ihre
Tochter nicht entehrt worden sei“, sagt sie.
Zwischen Juni 1945 und 1946 wurden allein in einem Berliner Bezirk
995 Abtreibungsanträge gestellt. Die Akten enthalten sogar
handschriftliche Berichte von Kindern über die Vergewaltigungen
ihrer Mütter zu Hause.
Eine endgültige Opferzahl wird es vermutlich nie geben. Quellen
sind spärlich und meist auf Militärgerichtsakten
beschränkt. Das russische Parlament verabschiedete ein Gesetz,
wonach jeder, der Russland wegen seines Verhaltens im Zweiten Weltkrieg
diffamiert, mit Geldstrafen oder bis zu fünf Jahren Haft rechnen
muss.
Vitaly Gelfand, Sohn von Vladimir Gelfand, bestreitet nicht, dass
viele sowjetische Soldaten im Krieg großen Mut und
Opferbereitschaft zeigten. „Aber das ist nicht die ganze
Wahrheit.“ „Wer die Wahrheit nicht wissen will,
täuscht sich selbst. Die Welt versteht, Russland versteht –
und auch jene, die diese Gesetze machen, um die Vergangenheit zu
beschönigen, wissen es. Wir können nicht vorwärts gehen,
wenn wir nicht zurückblicken“, sagt er.